Hoy se cumplen cuarenta años de la muerte de Borges. Debería decir que lo recuerdo, pero la verdad es otra: Borges me ha acompañado más de lo que yo he logrado acompañarlo a él.
Lo encontré primero en los libros, luego en los laberintos de la filosofía y, finalmente, en esa región incierta donde la historia, la memoria y la imaginación dejan de ser cosas distintas. Si alguna influencia tuvo sobre mí, no fue la de enseñarme qué pensar, sino la de enseñarme a sospechar de toda certeza.
Borges me impulsó a estudiar filosofía porque me hizo comprender que las preguntas son más importantes que las respuestas. Me llevó a profundizar en la escritura porque descubrí que una palabra precisa puede contener un universo entero. Y me acercó a la historia porque entendí, gracias a él, que el pasado no es una colección de fechas sino una vasta conversación de símbolos, derrotas, héroes y villanos.
Mientras escribía mis cuentos, muchas veces tuve la sensación de caminar por corredores que él había iluminado antes. No para imitarlo, empresa imposible, sino para atreverme a explorar. Borges me enseñó que escribir no consiste en exhibir conocimiento, sino en transformar el asombro en palabras.
"Escribir no consiste en exhibir conocimiento, sino en transformar el asombro en palabras."
Quizá por eso sigo volviendo a él. No como quien consulta a un autor, sino como quien visita una biblioteca infinita donde cada libro conduce a otro y donde cada respuesta engendra una pregunta más profunda.
Cuarenta años después, Borges sigue logrando lo que pocos hombres consiguen: vencer al tiempo. No porque sea inmortal, sino porque cada vez que abrimos una de sus páginas volvemos a descubrir que el universo es más misterioso, más vasto y más hermoso de lo que habíamos imaginado.